IHace ochenta años, de 1Y El 22 de julio de 1944, representantes de cuarenta y cuatro países se reunieron en Bretton Woods, New Hampshire, Estados Unidos, para coordinar la reconstrucción después de la Segunda Guerra Mundial y promover la cooperación económica internacional. Las instituciones cuyas bases construyeron –el Fondo Monetario Internacional (FMI) y el Banco Mundial– están en el centro del orden monetario y financiero global.
Sin embargo, en los últimos años, el cambio climático y la pandemia de Covid-19 han revelado hasta qué punto estas instituciones están desconectadas de las cambiantes realidades económicas globales y las prioridades de desarrollo. Si la comunidad internacional pretende mantener la capacidad de abordar de manera efectiva y equitativa los desafíos del siglo XXIY En este siglo, es necesario reformar la arquitectura económica y financiera global, siguiendo ocho ejes.
En primer lugar, la voz de las economías en desarrollo debe escucharse más en las instituciones multilaterales. El poder económico mundial ha evolucionado significativamente desde 1944, y los mercados emergentes y las economías en desarrollo desempeñan un papel mucho más importante que nunca. Sin embargo, las cuotas y los sistemas de votación de las instituciones de Bretton Woods siguen estando significativamente sesgados a favor de las economías desarrolladas. Además, hoy todavía existe un acuerdo tácito de que un europeo encabezará el FMI y un estadounidense encabezará el Banco Mundial.
Crisis de deuda soberana
Esta situación no sólo afecta la legitimidad de las instituciones de Bretton Woods, sino que también obstaculiza su capacidad para responder a los desafíos urgentes y complejos de nuestro tiempo. Por este motivo, es esencial proceder a una revisión de las cuotas y de los derechos de voto -un cambio necesario al que las economías desarrolladas, en particular Estados Unidos, se han opuesto hasta ahora- y un procedimiento de selección de líderes basado en una «doble mayoría». : los candidatos deben obtener tanto una mayoría de votos ponderados (que reflejen la participación de los estados en la institución) como el apoyo de una mayoría de los países miembros.
En segundo lugar, el marco de seguridad financiera global –una red de instituciones que proporcionan financiamiento muy necesario en tiempos de crisis– debe fortalecerse y hacerse más receptivo a las necesidades de las economías en desarrollo que enfrentan riesgos climáticos y macroeconómicos en constante evolución. Tal como está la situación actual, este sistema no sólo carece cruelmente de suficiente apoyo financiero, sino que también sufre desigualdades estructurales que exponen aún más a los países en desarrollo.
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