ASobre Marc Guidoni, amigo director, trabajamos en la proyección en las principales localizaciones de la isla de Napoleón de Abel Gance (1927) restaurada. Algunos se sorprendieron de que un separatista corso promoviera tal enfoque. Podría simplemente responder que no lo hice en un contexto político sino en nombre de la revista académica. Habitación, que dirijo, pero esta respuesta no sería suficiente. Creo que esta película, que sin duda pertenece al patrimonio cinematográfico francés e internacional -sobre todo por su carácter experimental-, también forma parte del patrimonio corso. Además, desde hace doce años lucho para que Córcega recupere plenamente a todas las grandes figuras de su historia, y en particular la de Napoleón Bonaparte.
En concreto, buena parte de la película (más de una hora) se rodó en la isla en 1925. Este rodaje fue motivo de un encuentro memorable entre los habitantes de Ajaccia y el equipo de filmación. El actor Albert Dieudonné fue aclamado como la verdadera reencarnación del Emperador. Mi abuela, que vivía en Ajaccio en la época del rodaje, me describió, cuando yo era niño, el fervor popular, casi religioso, que reinaba en la ciudad en aquella época. Otro elemento digno de mención desde el punto de vista material: la famosa “copia corsa” de la película, que durmió durante mucho tiempo en un sótano de Sartène y que desempeñó un papel fundamental en el proceso de restauración.
En cuanto al contenido, esta película trata acontecimientos y representa personajes de la historia de Córcega. Obviamente, en este último caso, refleja una imaginación externa, además anticuada. Por ejemplo, el papel ignominioso asignado a Paoli no refleja ni la realidad histórica, ni el sentimiento de los corsos, ni el de los franceses de hoy. Pero es precisamente de Córcega de quien hablamos y del momento en el que un rumbo decidió el rumbo de Europa.
Puntos de vista contrastantes
Las actuales «élites» francesas tienen una visión ambivalente de Napoleón: por un lado, saben lo que le deben, especialmente en términos de prestigio histórico y legado institucional. Por otro lado, lo critican por derramamiento de sangre y prácticas que no se ajustan a la idea que tenemos hoy de la política. Sin embargo se niegan a conceder la herencia a la isla. Como si Napoleón fuera demasiado sanguinario para ser francés y demasiado grande para haber huido.
En cuanto a nosotros, ¿queremos esta herencia? Ninguna respuesta a esta pregunta puede llegar a un consenso en la isla, ya que los puntos de vista son contradictorios. De un lado encontramos a los admiradores, del otro a los que desprecian al Emperador. Los primeros quedan deslumbrados por la gloria ligada a su memoria. Este último, además de los hechos ya mencionados – sus guerras, su régimen antidemocrático – le reprocha haber maltratado a Córcega y haber enviado allí a un torturador, el general Morand… Estos reproches están bien fundados. Muchos señalan que abandonó la causa nacional corsa, que era suya a los 20 años, para vivir un destino francés.
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