En el año 79 d.C., el Vesubio entró en erupción y cubrió la ciudad con una gruesa capa de cenizas y sedimentos de 6,1 metros de profundidad, preservando muchos cuerpos en sus posiciones finales antes de morir (sentados o no). Al analizar estos restos, los arqueólogos pudieron pintar una imagen más precisa de la historia de los habitantes de la ciudad.
Los científicos utilizaron las huellas dejadas por los cuerpos en las capas de ceniza para formar copias exactas de ellos, lo que llevó a la creación de muchas historias sobre las personas que murieron en esos trágicos momentos.
Uno de los descubrimientos más importantes fue un yeso que mostraba a un adulto cargando a un niño, en una posición conmovedora, lo que durante mucho tiempo llevó a los científicos a creer que el cuerpo representaba a una madre muerta abrazando a su hija.
Pero un análisis genético reciente reveló que el cuerpo más grande pertenecía a un hombre, no a una mujer, y que el bebé era en realidad un niño y no una niña, como se pensaba anteriormente. Los académicos han confirmado que este análisis resalta la falacia de las narrativas tradicionales que se tejieron en torno a estos individuos.
Alyssa Mitnick, investigadora del Instituto Max Planck de Alemania, dijo que los descubrimientos genéticos podrían ser el comienzo de un gran cambio en nuestra comprensión de la historia de Pompeya. Añadió que el equipo científico planteó una nueva hipótesis de que estas personas podrían ser siervos o esclavos, o tal vez hijos de familias de siervos que vivían en la misma casa. Sin embargo, destacó que las identidades de estos individuos aún son un misterio y sus relaciones no se pueden determinar con precisión.
El equipo de investigación se centró en el análisis de 14 moldes de yeso restaurados, de los que extrajeron ADN de restos esqueléticos fragmentados mezclados entre sí. El propósito de este análisis fue determinar el género, origen geográfico y relaciones genéticas entre las víctimas.
Los resultados mostraron que estas personas proceden de diferentes regiones del Mediterráneo y del norte de África, incluidas regiones como el centro y este de Turquía, Cerdeña, Líbano e Italia.
Los científicos también lograron reconstruir algunos detalles físicos de estos individuos, pues se descubrió que uno de ellos tenía cabello negro y piel oscura, mientras que otros dos tenían ojos marrones. Sin embargo, los científicos subrayaron la necesidad de realizar más pruebas genéticas para obtener una imagen más completa de la historia de la población de Pompeya.
Cabe señalar que la ciudad de Pompeya fue descubierta recién en el siglo XVIII, cuando los científicos descubrieron cuerpos perfectamente conservados gracias a las cenizas que los cubrían. Aunque los tejidos blandos se han descompuesto a lo largo de los siglos, las formas esqueléticas de los fallecidos se han mantenido intactas, permitiendo recuperar detalles minuciosos de sus posiciones finales.
Las excavaciones comenzaron en Pompeya en 1748 y los científicos continuaron descubriendo los restos de la ciudad enterrada.
Durante las excavaciones que tuvieron lugar en 1914, se descubrieron 9 individuos en el jardín de una casa, dos de ellos en posición abrazada. En ese momento, los arqueólogos pensaron que podrían haber sido madre e hija o dos hermanas. Pero el análisis genético mostró que uno de ellos tenía entre 14 y 19 años, mientras que el otro tenía 22 años, y provenían de diferentes orígenes genéticos.
Fuente: Correo diario
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