Revocación del TPS y estigmatización de los venezolanos | Autor: David Uzcátegui

La decisión del gobierno de Estados Unidos de poner fin al Estatus de Protección Temporal (TPS) para los venezolanos el 7 de noviembre de 2025 representa un golpe inesperado y profundo a las vidas de aproximadamente 600.000 personas que viven en una tranquilidad jurídica precaria, pero real. Desde que se creó el mecanismo TPS en 1990, nunca hemos visto a una administración desmantelar lo que decidió la anterior; Siempre se había respetado la continuidad de la designación hasta su expiración automática. En el caso venezolano este precedente se ha roto.

Los beneficiarios venezolanos del TPS fueron examinados rigurosamente: sin antecedentes penales, sin antecedentes de delitos en Venezuela o Estados Unidos, muchos con títulos universitarios, empresarios, inversionistas, trabajadores que contribuyeron al tejido social y económico.

El programa también beneficia a la economía estadounidense: un análisis de FWD muestra que el TPS protege a cientos de miles de familias y al mismo tiempo llena los vacíos laborales en Estados Unidos.

Lo más alarmante es la campaña de demonización que precedió a esta medida. La cuestión no es sólo si hay venezolanos “buenos” o “malos”; la campaña no hizo tal distinción. Fueron presentados, en términos electorales, como una amenaza, vinculándolos con pandillas o crimen organizado, sin pruebas suficientes.

Así lo subrayó el juez Edward Chen, al subrayar que el secretario del Departamento de Seguridad Nacional o DHS actuó de manera arbitraria, extendiendo las acusaciones de algunos a toda la población venezolana beneficiada por el TPS.

También fue insólito el camino seguido para poner fin al TPS. Inicialmente, el TPS para venezolanos 2023 estaba protegido hasta octubre de 2026, luego de una prórroga por parte de la administración Biden. Sin embargo, la administración de Donald Trump, a través de la secretaria del DHS, Kristi Noem, anunció en febrero de 2025 su intención de poner fin a ese estatus antes de su vencimiento.

En septiembre de 2025, el juez Chen dictaminó que la decisión de Noem era ilegal por excederse en su autoridad y no realizar consultas significativas con otras agencias.

Pero la Corte Suprema –el máximo órgano judicial del país– permitió que el gobierno revocara el TPS mientras se resolvía la apelación.

Según AS/COA, esta es la primera vez en sus casi 35 años de historia que se adelanta el fin de un TPS: “no hay precedente de que una administración ponga fin anticipadamente a una designación de TPS”.

¿Por qué es este cambio tan significativo? Porque rompe un pacto de estabilidad implícito, para miles de familias, que habían dado por sentado que su estatus podría durar mientras se extendiera el instrumento legal. Además, Estados Unidos pierde una gran fuerza laboral –personas que aportaron fuerza, conocimiento y creación de riqueza– mientras Venezuela deja de recibir las remesas que los venezolanos enviaban desde Estados Unidos y que eran buenas para nuestra economía.

No es exagerado decir que todos perdemos. La narrativa de “ellos contra nosotros” alimentada por la campaña electoral republicana de 2024 no contribuye a comprender que no se trata de migrantes “malos” ni “buenos”, sino personas sujetas a circunstancias extraordinarias.

Además, se informó que muchos de los beneficiarios venezolanos del TPS habían sufrido detenciones ilegales, a pesar de tener estatus legal.

Esta combinación de revocación y acoso contribuye a un clima de inseguridad jurídica y social para una comunidad que ha intentado vivir de acuerdo con la ley.

Desde el punto de vista de una política migratoria responsable, lo que se debería haber hecho es ofrecer alternativas para regularizar la situación de estos 600.000 venezolanos, como se ha hecho en el pasado con otras comunidades, por ejemplo con hondureños, salvadoreños o nicaragüenses. Con una regulación estable, podrían seguir contribuyendo y su situación ya no dependería de decisiones volátiles.

Este desmantelamiento del TPS también deja una lección para el futuro: estos mecanismos no deben depender únicamente del tono político del momento. Si se utilizan con fines electorales o electorales pierden su esencia. Y cuando el país anfitrión decide expulsarlo arbitrariamente, lo que queda es una comunidad vulnerable y un país anfitrión perdedor.

El fin del TPS para los venezolanos el 7 de noviembre de 2025 no solo es una injusticia para miles de familias, sino también un retroceso institucional.

Los beneficiarios del TPS no eran delincuentes, sino ciudadanos que habían cumplido los requisitos y habían contribuido a la creación de su nuevo país. Estados Unidos, que se enorgullece de ser una tierra de oportunidades, corre ahora el riesgo de perder parte de su tejido productivo.

Y Venezuela pierde ese puente de recursos humanos y económicos, que tanto contribuyó al crecimiento de las dos naciones.

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