Guinea-Bissau no sufre golpes de estado: sufre las consecuencias de una descolonización fallida –

Los recientes acontecimientos en Guinea-Bissau, en los que un supuesto “golpe” se convirtió rápidamente en una narrativa mediática difundida por organismos de la esfera francoafricana, representan sólo otro episodio en la larga historia de fragilidad de los Estados africanos poscoloniales.

El supuesto golpe, llevado a cabo por fuerzas militares leales al presidente Umaro Sissoco Embaló, sirvió más para encubrir una evidente derrota electoral que para traducir un cambio real en el poder político. Sin embargo, el episodio revela algo más profundo y estructural: la incapacidad histórica de muchos estados africanos para consolidar una verdadera soberanía política, económica e institucional.

1. La debilidad del Estado como legado de la descolonización

La descolonización portuguesa y francesa nunca tuvo como objetivo preparar estados autónomos, capaces de resistir presiones internas y externas. Como recuerda Achille Mbembe, «la independencia política no estuvo acompañada de independencia material, económica y epistemológica» (Mbembe, Necropolitics, 2011).

El proceso portugués fue acelerado, improvisado y, según Eduardo Mondlane, “diseñado más para liberar a Portugal de las cargas coloniales que para construir naciones viables” (Mondlane, Lutar por Moçambique, 1969).

El modelo francés, analizado por Jean-François Bayart, se basó en la creación deliberada de élites dependientes de París, generando lo que el autor llama “política del vientre”, donde el poder es un medio de acumulación personal mediado por intereses externos (Bayart, L’État en Afrique, 1989).

Amílcar Cabral, con claridad visionaria, afirmó: “la independencia no significa nada si no va acompañada de la liberación de las estructuras mentales y económicas impuestas por el colonialismo” (Cabral, Unidad y Lucha, 1974).

Lamentablemente, tras el asesinato de Cabral, Guinea-Bissau tomó el camino opuesto al que él defendía: un Estado frágil, vulnerable, conquistable, sin estructurar proyectos de desarrollo.

2. La crisis como espejo de un problema africano

Las elecciones del 23 de noviembre tuvieron lugar en un contexto de seis años de autoritarismo, con instituciones capturadas y opositores incapaces de participar. La Corte Suprema de Justicia fue manipulada, la Comisión Nacional Electoral operó fuera de los estándares de legalidad y las Fuerzas Armadas conservaron el papel de instrumento personal del Presidente.

Sissoco Embaló recurrió a lo que Bayart describe como “estrategias de extroversión”, es decir, el uso de crisis internas para justificar el autoritarismo y, al mismo tiempo, ganar legitimidad ante actores externos.

La puesta en escena del golpe, amplificada por la prensa franco-africana (RFI, Jeune Afrique y France 24), encaja perfectamente en el sistema descrito por François-Xavier Verschave, quien define Françafrique como un mecanismo de manipulación política y económica destinado a proteger a los aliados e intereses franceses (Verschave, La Françafrique, 1998).

Por tanto, el supuesto golpe surgió como una herramienta política para legitimar la represión, frenar la victoria de Fernando Dias da Costa, claramente preferida por el pueblo, y fortalecer la permanencia del régimen.

3. La ausencia de autonomía como tragedia panafricana

Guinea-Bissau no es un caso aislado. Países como la República Democrática del Congo, Níger, Togo, Chad y Guinea Ecuatorial han vivido procesos de independencia que Samir Amin catalogó como “soberanías ficticias” (Amin, L’Afrique de l’Ouest dans la Crisis, 1971).

Los Estados se crearon con símbolos, pero sin estructuras. Estados:

sin autonomía económica;

sin autonomía tecnológica;

sin autonomía cultural, rehenes de élites mentalmente colonizadas;

sin autonomía institucional, incapaz de garantizar la legalidad y la alternancia.

Frantz Fanon advirtió que «las burguesías nacionales heredadas del colonialismo serían incapaces de realizar proyectos de liberación nacional» (Los condenados de la tierra, 1961).

Hoy esta predicción se confirma dramáticamente. La crisis guineana refleja fielmente este diagnóstico continental.

4. Estados débiles, democracias capturadas

Lo que observamos en Guinea-Bissau es el colapso anunciado de un modelo poscolonial que nunca fue diseñado para funcionar. Los estados débiles generan:

golpes organizados;

sistemas de justicia manipulables;

élites políticas que gobiernan para proteger intereses personales;

democracias de fachada;

profunda dependencia de actores externos.

Amílcar Cabral nos recordó:

«Nadie puede liberar a un pueblo excepto el pueblo mismo.»

Sin embargo, cuando el pueblo intenta liberarse, como lo demostraron las recientes elecciones, las instituciones, herederas de una descolonización incompleta, inutilizan la voluntad popular.

5. La urgencia de la afirmación africana

La solución a esta crisis continental no está en París, Lisboa o Washington. Se encuentra dentro del propio continente, en la capacidad de reconstruir Estados fuertes, soberanos y funcionalmente robustos.

Requiere:

Instituciones fuertes por encima de los individuos;

Romper con la dependencia externa;

Revalorización de las economías locales y del conocimiento endógeno;

Educación cívica y cultura democrática;

Defensa intransigente de la voluntad popular.

Guinea-Bissau ha demostrado que la gente sabe elegir. Lo que falta es un Estado capaz de garantizar que esta elección se traduzca en gobernanza.

Por último, es importante recordar que el caso de Guinea-Bissau constituye una clara advertencia para toda África. Hasta que se consolide la autonomía política, económica, tecnológica, cultural e institucional, los Estados seguirán siendo vulnerables a la manipulación por parte de las elites internas y los intereses externos.

La descolonización portuguesa y francesa dejó banderas e himnos, pero no Estados sólidos. La reconstrucción de estas estructuras es responsabilidad de las generaciones actuales y futuras.

Como afirmó Fanón:

“Cada generación debe descubrir su propia misión, cumplirla o traicionarla”.

La misión de esta generación es clara y urgente:
transformar a los Estados frágiles en Estados verdaderamente soberanos.

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