Los zapatos se quitan con cuidado al entrar a la casa. “Los dueños nos dijeron que lo estaban haciendo”recuerda el inquilino, mientras su hija, ya en calcetines, se desliza hacia el cuarto de juegos. Nicolas Delasisse y su pareja, Morgane Le Moullec, la pequeña Léa, de 3 años, y su hermano Arthur, de 17 meses, tomaron posesión esta tarde de otoño de una magnífica residencia de 260 metros cuadrados en Saint-Philibert (Morbihan), lindando con La Trinité-sur-Mer.
Una vez entregadas las llaves, los primeros pasos son cautelosos hacia el salón, cuya ventana muestra un gigantesco cuadro vegetal: las ramas de la mimosa que crece en el jardín, bajo el rocío del mar cercano. “Cuando visitamos estábamos un poco alucinados”– confiesa esta madre de treinta años, cuya chaqueta polar personalizada delata a su empleador, una empresa de construcción. Su socio trabaja en la oficina técnica de una ciudad cercana. Para alquilar esta villa de ensueño por 950 euros al mes con todos los gastos incluidos, la pareja no presentó ni nómina ni fianza. Por otro lado, ha apostado firmemente por abandonar el cargo durante los dos meses de verano. En caravana, camping, para toda la familia. Su alquiler volverá así a ser el segundo hogar de la familia propietaria.
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