Este descubrimiento científico, que hasta hace poco era una fantasía, se acerca ahora a una realidad tangible que podría alterar el equilibrio de la industria tecnológica mundial.
Científicos de Australia, Gran Bretaña y Estados Unidos están trabajando para desarrollar los llamados «organoides cerebrales», que son grupos microscópicos tridimensionales de células nerviosas derivadas de células madre humanas. Estos orgánulos no son sólo masas de células, sino sistemas nerviosos en miniatura capaces de procesar información. Se cultivan en entornos controlados y se conectan a sistemas electrónicos avanzados para convertir sus señales nerviosas en comandos digitales.
Experimentos prácticos han demostrado las extraordinarias capacidades de esta tecnología. En un logro notable, las neuronas implantadas pudieron aprender y dominar el clásico juego de “Pong”, mientras que otro sistema logró reconocer el habla humana en un nivel básico, y los organoides cerebrales desarrollados en Gran Bretaña fueron capaces incluso de distinguir letras Braille con notable precisión.
Pero la esencia de la innovación reside en una eficiencia energética sin precedentes. Mientras que los superordenadores modernos consumen millones de vatios para realizar tareas complejas, el cerebro humano realiza operaciones más complejas con sólo menos de veinte vatios. Intentamos resolver esta ecuación imposible utilizando la computación biológica, ya que los sistemas biológicos consumen mil veces menos energía que sus homólogos de silicio para las mismas tareas computacionales.
Por otro lado, estos acontecimientos plantean profundas cuestiones éticas que requieren respuestas urgentes. El uso de términos como “conciencia encarnada” e “inteligencia orgánica” presenta a la comunidad científica desafíos filosóficos y legales sin precedentes, especialmente a medida que empresas emergentes como Final Spark y Cortical Labs comienzan a comercializar estas tecnologías y a ofrecerlas a un grupo creciente de clientes que se extiende más allá de la comunidad farmacéutica para incluir investigadores de inteligencia artificial.
La industria está siendo testigo de una feroz carrera entre los centros de investigación de Zurich, Beijing, California y Sydney, mientras las instituciones compiten para desarrollar la próxima generación de plataformas bioelectrónicas híbridas. Las ambiciones parecen ilimitadas y van desde predecir desastres ambientales, como planea la Universidad de California, hasta revolucionar los diagnósticos médicos, donde los organoides cerebrales podrían reemplazar los experimentos con animales en las pruebas de drogas y los estudios de toxicología.
Si bien los expertos predicen que en los próximos cinco años se producirán grandes avances en la madurez de esta tecnología, parece que la humanidad está al borde de una nueva era en la que las fronteras entre biología y tecnología se disuelven, abriendo la puerta a un futuro en el que las computadoras más poderosas del mundo podrían estar hechas del mismo material que nuestros pensamientos y sentimientos.
Fuente: ingeniería interesante
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