Editorial Medio Ambiente, 12 dic (EFE).- El Acuerdo de París fue el principal fruto de la Conferencia de las Partes de Naciones Unidas sobre el Cambio Climático (COP21), celebrada en la capital francesa del 30 de noviembre al 11 de diciembre de 2015, y marcó un antes y un después ante el desafío del cambio climático.
Firmado el 12 de diciembre del mismo año, entró en vigor el 4 de noviembre de 2016, un mes después de cumplir su doble criterio de ratificación: un mínimo de 55 países, que representen al menos el 55% de las emisiones globales de gases de efecto invernadero (GEI).
De hecho, el objetivo más importante de la COP de París era alcanzar una especie de acuerdo global para encaminar al mundo hacia la reducción de los gases de efecto invernadero y así intentar detener el aumento de las temperaturas medias globales.
Inicialmente la aspiración era no superar los 2 ºC de aumento respecto a la era preindustrial, pero el IPCC (Panel Intergubernamental sobre Cambio Climático) pidió fijar el objetivo en 1,5 ºC ante las proyecciones pesimistas de sus informes posteriores.
Financiación
El tratado se ha convertido así en una piedra angular de las políticas climáticas globales, especialmente bajo el impulso de la UE, que se ha centrado cada vez más en la cuestión de la financiación: quién paga, cuánto, cómo y a quién hacer frente a las consecuencias del cambio climático.
Los países del llamado Sur Global exigen que los más desarrollados asuman una gran factura en compensación por su historial de emisiones y están tratando de equilibrar ese pago con las sanciones que el aumento de las regulaciones ambientales trae a sus economías (y a sus poblaciones, que pagan cada vez más por energía más cara).
Un buen ejemplo de las diferencias de criterio fueron los debates de la COP30 en Belém (Brasil), donde la presidencia brasileña pidió aumentar la financiación para los países en desarrollo de los 300.000 millones de dólares anuales acordados con dificultad en la COP29 de Bakú (Azerbaiyán) a al menos 1,3 billones.
Mitigación y adaptación
El Acuerdo de París cubre más: además de perseguir la neutralidad de carbono (emisiones netas cero), idealmente para mediados del siglo XXI, busca mejorar la transparencia para la acción y el apoyo, invertir en tecnología y capacitación, y aumentar la capacidad del Sur Global para cumplir con sus compromisos climáticos.
En los últimos meses, la clave ha sido la presentación de Contribuciones Determinadas a Nivel Nacional (NDC, por sus siglas en inglés), que incluyen planes nacionales para abordar el desafío climático y deben actualizarse periódicamente para su cumplimiento.
Las NDC responden al concepto de mitigación, que establece compromisos vinculantes por parte de todas las Partes para aplicar medidas claras, concretas y efectivas.
El tratado también reconoce la participación voluntaria para lograr “mayores ambiciones” en la cooperación internacional basada en principios como integridad ambiental, transparencia y buena contabilidad; alienta la “conservación y mejora” de los sumideros y sumideros de gases de efecto invernadero –incluidos los bosques– y establece un marco para enfoques no basados en el mercado para el desarrollo sostenible.
Otro de sus grandes principios es fijar un objetivo global de adaptación, un “desafío global que todos debemos afrontar”, fortaleciendo la resiliencia y reduciendo la vulnerabilidad.
En cuanto al concepto de pérdidas y daños, el acuerdo pide evitar, minimizar y abordar todos aquellos relacionados con los efectos negativos del cambio climático, incluidos los fenómenos meteorológicos extremos y de evolución lenta.
Asimismo, considera necesario fortalecer el acceso público a la información sobre el cambio climático, así como la educación, la formación, la sensibilización y la participación.
La marcha de los Estados Unidos
El Acuerdo de París fue firmado en su momento por casi todos los países del mundo, salvo excepciones como Irán, Libia o Yemen, pero un caso peculiar es el de Estados Unidos.
A pesar de ser uno de los Estados más contaminantes del planeta, la llegada al poder de Donald Trump en su primera presidencia de 2017 a 2021 provocó el abandono del tratado aunque, debido a la complejidad del procedimiento, la salida no se produjo hasta noviembre de 2020.
Con Joe Biden en la Casa Blanca, Estados Unidos volvió al acuerdo pero el segundo mandato de Trump, que comenzó el 20 de enero de este año, trajo consigo un nuevo abandono que se producirá el 27 de enero de 2026, según confirmó un portavoz personal del secretario general de la ONU, António Guterres.
La salida de Estados Unidos ha dado alas a otros países teóricamente favorables, pero no tanto, al tratado, como los petroleros árabes que en la reciente COP30 endurecieron su postura contra el control de los combustibles fósiles.
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