elEl Castillo de la Bella Durmiente tiene el puente levadizo bajado. Disney, una de las puntas de lanza de la resistencia de Hollywood al ataque de la inteligencia artificial (IA), ha sucumbido, como toda princesa de dibujos animados, al Príncipe Azul OpenAI, irresistible con sus destacados algoritmos y sus robots de siete leguas.
El jueves 11 de diciembre el famoso estudio anunció un acuerdo con el creador de ChatGPT, dividido en tres partes. Uno, propietario de las franquicias Pixar, Marvel y Star Wars, invertirá 1.000 millones de dólares (850 millones de euros) en el capital del pionero de la inteligencia artificial generativa, una caída respecto a la valoración de 500.000 millones de dólares. En segundo lugar, otorga una licencia exclusiva de tres años a ChatGPT y Sora, la plataforma de creación de vídeos de Open AI, que podrá acceder a 200 de sus personajes, desde Cenicienta hasta Luke Skywalker. Tres, Disney se convierte en uno “cliente importante” de las empresas Sam Altman.
Al mismo tiempo, Disney pide a Google que deje de expoliar su propiedad intelectual para entrenar a sus modelos. Para convencer a Disney de unir fuerzas, OpenAI prometió poner “barandillas” en sus instrumentos, precisamente para evitar los errores de los virtuosos de su época. En particular, los actores no serán reconocibles sino estilizados. Numerosos escándalos marcaron el ascenso de Sora al poder. Imaginamos que a Disney no le gustaría que Bambi o Mickey Mouse fueran utilizados como parrilla para Sam Altman, como le sucedió al desafortunado Pikachu.
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