Recordar era su maldición. En renueva tu memoriaJorge Luis Borges cuenta la historia de un gaucho uruguayo que, tras un accidente montando a caballo, desarrolla una memoria absoluta. Funes sabía aprender idiomas y recitar libros de memoria. Recordar un día le llevó un día entero, porque en su mente todos los detalles se acumulaban en su más detallada intrascendencia. El pobre infortunado lo vio como un regalo, pero a medida que avanza su historia resultó ser más bien una maldición, pues recordar con tanto detalle le impedía distinguir lo sustancial de lo superfluo.
El olvido también es importante en la formación de la memoria. Esto es lo que Borges explicó con la literatura, y lo que el neurocientífico Charan Ranganath detalla con datos en su libro, Porque recordamos. “El cerebro está programado para olvidar”, explica en conversación con este diario. «Hay tantas razones para hacerlo que es realmente un milagro que podamos recordar algo». El estudio científico de la memoria a menudo se centra en cómo aprendemos, cómo los recuerdos a corto plazo se consolidan en recuerdos imborrables. Se presta menos atención a la importante capacidad de generalizar y olvidar. A la forma en que nuestro cerebro descarta información menos relevante.
Ranganath es pionero en el uso de la resonancia magnética para estudiar cómo recordamos eventos pasados. Y está demostrado que lo hacemos de forma cambiante. Nuestro presente de alguna manera cambia la forma en que leemos nuestro pasado. «Cada vez que recordamos un evento, lo vemos desde nuestra perspectiva actual», señala. «Así, por ejemplo, si recuerdas una ruptura reciente, la recuerdas de manera muy diferente a como lo harías muchos años después. El mismo recuerdo de un evento traumático puede presentarse como una historia de supervivencia y coraje», afirma.
Olvidar y distorsionar lo vivido son filtros por los que pasa la realidad antes de quedar grabada en nuestra memoria. Además, los recuerdos no son registros inmutables y fieles de la realidad. La memoria miente y cambia; Se actualiza con el tiempo. «Siempre que recuerdas un evento complejo, el acto de recordarlo puede cambiar tu memoria», señala Ranganath. “Algunas partes pueden fortalecerse, otras debilitarse y se introducen nuevos errores”. Cuando recuperas un recuerdo, no es como si sacaras de la biblioteca de tu mente un libro ya escrito; de hecho es como si lo hubiera escrito de nuevo. La memoria es reconstructiva. Esto explicaría, sólo en parte, una interesante paradoja que suele recordar el premio Nobel Francis Crick, uno de los descubridores de la doble hélice del ADN: ¿cómo es posible que conservemos recuerdos a lo largo de nuestra vida mientras las neuronas que los almacenan mueren al cabo de unas horas, días o meses?
El neurocientífico Rodrigo Quian Quiroga vinculó la historia de Funes el memorioso con las últimas investigaciones sobre la memoria contenidas en el libro, Borges y la memoria. Funes recordaba todo con insoportable detalle, pero no podía captar ideas abstractas. Quian Quiroga descubrió neuronas en el cerebro humano que responden a conceptos abstractos pero ignoran detalles particulares. Jennifer Aniston las llamó neuronas, en honor a la actriz Amigos. En su investigación, el neurocientífico observó cómo un paciente que padecía epilepsia activaba una red neuronal específica cuando veía una imagen de la actriz, pero también su nombre. El experimento demostró que en el hipocampo, una zona del cerebro clave para la memoria, hay neuronas que responden a conceptos y asociaciones. Son el esqueleto de la memoria. La base que nos permite registrar algunas de nuestras experiencias, en un proceso que tiene mucha imaginación y poca reproducción fiel de la realidad.
La mala suerte de Funes comenzó cuando se cayó de su caballo. El de HM haciéndolo sobre su bicicleta. Luego sufrió daño cerebral en 1936 que le provocó graves ataques epilépticos. Un médico pensó en tratarlo extirpando su hipocampo, lo que resultó en una lesión quirúrgica que le provocó una amnesia anterógrada severa. HM no pudo formar nuevos recuerdos a largo plazo. No reconocía a las personas que acababa de conocer, no podía adquirir nuevas habilidades y conocimientos. Tenía nueve años y permaneció allí hasta los 82, cuando falleció. Vivió anclado a un pasado cada vez más remoto. No aprendió nada nuevo porque no tenía dónde almacenar ese conocimiento. HM se convirtió en el paciente más estudiado en la historia de la neurología y su análisis durante décadas reveló el papel crucial del hipocampo en la consolidación de la memoria y el aprendizaje de habilidades. Su nombre sólo se reveló una vez que murió, en 2008. Su nombre era Henry Molaison.
Kepa Paz-Alonso encabeza el equipo de investigación Lenguaje y memoria en el Centro Vasco de Cognición. Ha estado utilizando la resonancia magnética durante años para ver cómo y dónde se ilumina el cerebro cuando la gente recuerda. Por eso explica: «Si recuerdas una experiencia muchas veces, queda cristalizada en el cerebro. Cuando esto sucede, se establece una nueva sinapsis. Y este es el comienzo de un recuerdo». La sinapsis es el proceso de comunicación entre neuronas; Es el impulso nervioso por el cual los neurotransmisores saltan de una neurona a otra llevando determinada información.
El experto distingue entre dos tipos de memoria a largo plazo, la episódica y la semántica. Este último incluye “nuestro conocimiento del mundo”, explica. Es una memoria de datos y conceptos. Por otro lado, estaría la memoria autobiográfica declarativa, que contiene las vivencias más personales.
Para explicar la diferencia entre ambos conviene recordar la historia de otro paciente que padecía amnesia. En 1985 el psicólogo Endel Tulving describió el caso de NN, un hombre con una peculiaridad. Era perfectamente capaz de memorizar una serie de números aleatorios. Tenía memoria semántica, la capacidad de recordar información abstracta. El problema residía en su memoria episódica: no podía recordar experiencias personales. Tulving escribió: «El conocimiento que NN tiene de su pasado parece tener el mismo carácter impersonal que su conocimiento del resto del mundo». Era tan íntimo como una biografía de Wikipedia: una colección de hechos abstractos. No podía recordar los detalles de ningún acontecimiento que hubiera vivido personalmente: una fiesta de cumpleaños, una historia de amor, unas vacaciones… Su pasado era una serie de datos sin valor ni emoción.
El punto central del estudio de Tulving fue la disociación entre memoria semántica y episódica. Pero también hay otro detalle de la patología de NN que vale la pena analizar: era incapaz de imaginar su futuro. Tulving le preguntó «¿qué harás mañana?» y no pude responder otra cosa que «no lo sé». Insistió en dónde se vería dentro de un año o diez y no pudo decir nada. Este detalle llegó a sugerir la idea (luego confirmada con estudios de neuroimagen) de que la capacidad de recordar, como la capacidad de planificar, proviene del mismo lugar: la imaginación. O como dijo San Agustín en su autobiografía, “el pasado y el futuro existen sólo en el alma”.
Pero ¿por qué conservamos un recuerdo vívido de algunos acontecimientos y no de otros? No todos los recuerdos se procesan de la misma manera en nuestro cerebro. ¿Dónde estaba usted cuando ocurrió el 11 de septiembre? ¿Qué estabas haciendo unos minutos antes de que te despidieran de tu trabajo, te propusieran matrimonio o te informaran de la muerte de un familiar? La mayoría de la gente podría responder estas preguntas con gran detalle. “En nuestra vida diaria los momentos importantes no ocurren de forma aislada”, explica el experto. «Son parte de un flujo de experiencias cotidianas». Su equipo demostró, a través de 10 experimentos, que los eventos relevantes influyeron en los recuerdos neutrales cercanos. Nos hicieron grabar duro. Y así nuestro cerebro se llena de recuerdos aparentemente banales, simple basura contextual.
Pero en todo este proceso no somos sólo agentes pasivos, explica el experto. Hay un cierto margen de voluntad. «No podemos garantizar que dure para siempre, pero sí podemos inclinar la balanza. Presta mucha atención, dale un significado personal y revive el evento poco después (hablando o escribiendo en tu diario), y busca ayuda para dormir bien por la noche», afirma. Para ello una de las cosas que debemos hacer es guardar nuestro móvil. La tecnología está influyendo en cómo vivimos en el presente y cambiará la forma en que lo recordamos en el futuro.
Desde la llegada de los teléfonos móviles y la popularidad de las redes sociales, muchas personas se han obsesionado con documentar experiencias y han dejado de tenerlas. Son ellos los que graban un concierto en lugar de bailar con la música. Los que fotografían un atardecer, en lugar de observarlo. Quienes se van de vacaciones resguardados detrás de sus móviles, estableciendo un filtro entre la realidad y ellos mismos. Al intentar registrar cada momento, dejan de centrarse en la experiencia con suficiente detalle como para formar recuerdos distintivos que puedan retenerse. Recopilan toneladas de vídeos y fotografías, guardan una réplica exacta del pasado, como Funes del siglo XXI. Pero resulta que son incapaces de experimentar lo importante y descartar lo superfluo.
«Subcontratamos cada vez más información a los teléfonos y a la nube, lo que puede reducir la presión para codificar algunas cosas con precisión, pero también nos encontramos constantemente con fotos y mensajes que pueden reactivar y remodelar los recuerdos», reflexiona Reinhart. «El patrón de lo que examinamos, y por lo tanto de lo que se estabiliza, podría cambiar debido a esto. Creo que sería una pregunta muy curiosa y válida, y debería estudiarse en la vida real».
Mientras esto sucede, varios expertos intentan desentrañar los misterios de la memoria, uno de los procesos más cotidianos, pero también más desconocidos, que ocurren en nuestro cerebro. Puede que sea más una idea filosófica que científica, pero los recuerdos, de alguna manera, nos dicen quiénes somos. Quienes éramos. Cómo nos entendemos y nos hablamos. «Construimos nuestra identidad a partir del subconjunto específico de experiencias que el cerebro ha elegido preservar y resaltar, por lo que cambiar los recuerdos que se establecen puede cambiar la historia que nos contamos sobre nosotros mismos», resume Reinhart.
