Álvaro Odriozola y aprender a volver cuando el cuerpo y la cabeza fallan | Fútbol | Deporte

«Estuve hace poco en Málaga y recordé uno de los mejores momentos de mi experiencia como entrenador de la Real Sociedad, el día del debut de Álvaro Odriozola. Recuerdo que se lo conté por la mañana, después de la conversación con los jugadores. Le llamé y le dije que debutaría. Ganamos 0-2 y jugó muy bien. A partir de ese momento asumió como titular, demostrando, desde el primer momento, una gran mentalidad. Tenía una gran capacidad para jugar en ataque. Y generaba una gran capacidad de juego. Me gustó mucho Eusebio Sacristán (La Seca, Valladolid; 61 años) recuerda con gratitud la figura de Álvaro Odriozola, con el que debutó en el primer equipo de la Real Sociedad el 16 de enero de 2017.

Nueve años después de aquel primer partido, tras un tortuoso peregrinaje por el desierto, el futbolista donostiarra vuelve a estar de moda. Durante años el nombre de Álvaro Odriozola permaneció suspendido en una especie de paréntesis. El extremo que surgió en la Real Sociedad con una energía inagotable, capaz de convencer al Real Madrid para que invirtiera 30 millones de euros en 2018, fue poco a poco desapareciendo de escena. Las lesiones, la falta de continuidad y un contexto cada vez menos favorable diluyeron su figura hasta el punto de convertirlo en una incógnita. Incluso su regreso a la Real Sociedad, club en el que entrenó y al que siempre definió como «el equipo de su vida», no trajo una recuperación inmediata.

Odriozola nunca volvió a ser ese jugador explosivo que interrumpía partidos por la banda derecha. Le costó encontrar ritmo, confianza y una posición estable en la rotación. A esto se sumó una fama que nunca le ayudó: la de futbolista. pijoun fanático de los caballos, un perfil que generalmente genera más prejuicios que indulgencia. En el fútbol, como en la vida, las etiquetas importan. Sin embargo, el uso no fue sólo deportivo. El verano pasado Odriozola verbalizó con inusitada franqueza el momento personal que atravesaba. «Vengo de una época muy difícil. Pasé un momento muy malo porque no pude ayudar al equipo de mi vida. Lo primero que hago siempre es la autocrítica. Mi cuerpo no me respondía, mi cabeza tampoco», explicó. La historia continúa sin adornos: «Hace un mes estaba muy alterado. Estaba a punto de irme. Así son las cosas. Ésta es la verdad».

«He estado en un infierno por la lesión. Se sufre mucho cuando se trata del equipo de tu vida», reconoció, antes de subrayar su compromiso: «Lo dejaré todo en los entrenamientos. Soy un privilegiado de estar aquí». Lejos de prometer una remontada espectacular, Odriozola ha iniciado un proceso más discreto, pero también más sólido.

Sus últimas actuaciones ante rivales muy exigentes como Atlético de Madrid, Osasuna y Barcelona han confirmado esta mejoría. Sin grandes gestos ni figuras llamativas, Odriozola compitió con solvencia y supo elegir cuándo incorporarse al ataque. Su ataque provocó la pena máxima de Javi Galán ante Osasuna y ante el Barça, su centro desde la derecha estuvo a punto de poner el 3-1, pero el cabezazo de Oyarzabal se estrelló en el palo defendido por Joan García. Quizás su camino ya no sea el del genio, sino el de la utilidad.

A sus 29 años, Odriozola ya no es una promesa ni aspira a serlo. Probablemente ni siquiera justifique la inversión que alguna vez hizo el Real Madrid. Pero su caso refleja otra realidad del fútbol profesional: la de quienes deben reconstruirse lejos de las expectativas iniciales, aceptar límites y redefinir su rol. En un deporte poco paciente, su afirmación es silenciosa y, precisamente por eso, más creíble. No hay títulos épicos ni grandiosos. Simplemente un futbolista que vuelve a sentirse parte del juego, consciente del privilegio y del coste que supone seguir estando ahí. Como él mismo lo resumió tras marcar y dedicar el gol a su familia: «Y obviamente se lo dedico a mis chicas».

Regresar a la Real Sociedad no le devolvió inmediatamente lo que había perdido, pero sí un lugar para empezar de nuevo. En el club de su vida, Odriozola entendió que el camino no siempre es hacia adelante, sino hacia adentro. Y de allí, sin prisas y sin ruido, partió de nuevo.

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