Poeta alemán Carrasco in memoriam o Carrasquiano en la cima de la montaña: esto no es una elegía

El lunes a primera hora recibí un mensaje de Italo Berríos, de Ancud, diciéndome que había muerto Germán Carrasco. Una punzada atravesó mi pecho, el dolor agudo y punzante de quien pierde a un querido amigo, en el oficio de escritor, en el ejercicio de una camaradería que existe desde hace muchos años.

Su muerte me recordó aquellas líneas de su poema “Oda a un cuaderno”: un solo ser humano / que piensa: (a) el cobre no se oxida / (b) la roca es ligera y (c) cada poema / es un regalo / hecho con devoción y (d) / el cuerpo es caucho o acero: / aguanta que ni siquiera imaginan / y lo que cortan en él / crece en abundancia / como el lagarto (sagrado / para la tribu de la infancia / en el rito del microscopio / y la tortura).

Evoco a Germán, el príncipe carrasquiano, como algunos lo llamábamos, con su delgadez nerviosa, sus gestos exagerados y nerviosos, su visceralidad, su mirada de humor vidrioso, su sonrisa de niño que ha robado una mermelada. En mi opinión es un poeta superior, el mejor de mi generación y, me atrevo a decir, de varias generaciones. Quizás el más rockero de nuestros poetas y cuya incorrección política fue su carta de presentación. Con solo mencionarlo puedo ver ninjas saltando sobre la página blanca, arroyos, brillo frente a oscuridad, trabajadores descargando bolsas de harina casi como fantasmas, un chungungo nadando sobre sus espaldas, montañas que invitan a la hazaña de escalarlas, found footage en los que el anonimato tendrá un papel supremo, todo un espacio de voces y sobresaltos emanados de diferentes tiempos. Quiero decir que en su literatura convivía lo que algunos incautos llaman «alta cultura» con referencias muy vitalistas, que provenían del pop, del dialecto que rodea el casco urbano, especialmente las calles de Independencia, casi su lugar esencial. En mi opinión, la poesía de Carrasco desciende (en la preocupación de dudar constantemente de la validez declarativa de la palabra) de Enrique Lihn, probablemente el padre espiritual de la generación de los noventa. También porque sostuvo que la antipoética no debe ser programática, a la manera de su leñador Carver y Cobain, que es fabricado en Oriente por una bella menor Mao Tse Tung y que termina sirviendo de trapo para pulir el trofeo de un club que no existe, proceso análogo al viaje mestizo, intertextual, laborioso, crepitante de un poema.

Y su oralidad también caminaba de la mano de su prosodia ya que podía ir de Sor Juana Inés de la Cruz a Duran Duran, de Coleridge a the Cure, y las referencias encontraban una inesperada complicidad del discurso, un engranaje templado en el metal indestructible de sonidos y reminiscencias. Su poesía se nutre profundamente de la tradición anglo, en particular de Shakespeare, John Landry, Robert Creeley, pero, al mismo tiempo, constituye un punto de inflexión en torno a experiencias sorprendentes y específicas de nuestra poesía: “Tala” de Gabriela Mistral en su carácter pétreo y atonal; “Estravagario” de Pablo Neruda, en su dimensión lúdica y desenfadada; “La escritura de Raimundo Contreras” de Pablo de Rokha, en la configuración de una voz muy personal capaz de restaurar un universo perdido o ausente; “Virus” de Gonzalo Millán, desde otro ángulo.

Fue un poeta muy político, en el sentido más amplio del término, y siempre ha defendido personajes que hoy incluso la izquierda olvida o decide olvidar, como Marco Ariel Antonioletti, exponente del Movimiento Juvenil Lautaro (MJL), asesinado por agentes de la Policía de Investigaciones el 15 de noviembre de 1990.

Los datos de su biógrafo hablan de una poesía que se ha ganado el reconocimiento de su época y un espacio indiscutible tanto en el canon de la literatura chilena como en la latinoamericana. Ha obtenido numerosos premios, entre ellos el Premio Sor Juana Inés de la Cruz (2001) y el Premio Pablo Neruda (2005). Sus libros de actualidad como “A mano levantada” (2013) y “Retrato de la niña” (2019), entre muchos otros, han tenido un sello muy revelador y, entre otras cosas, su poesía, en libros notables como “La insidia del sol sobre las cosas” (1998), “Calas” (2001), “Clvados” (2003) y “Ruda” (2010), un cautivador poemario. que tuve el honor de presentar en la Feria del Libro de Punta Arenas. La editorial Lumen tuvo la providencial iniciativa de recoger gran parte de su obra en el volumen «Immagine e similitudini», en 2016.

Lo recuerdo en fiestas realmente locas, cantando canciones de David Bowie y Pixies a todo pulmón. Incluso en un diálogo muy ruiziano que tuvimos en Las Lanzas con el querido José Miguel Varas y el Negro Jorquera, secretario del presidente Allende, y del que el propio Germán escribió una crónica en La clínica. Todo siempre en el vórtice, en lo descontrolado, en la sublimación de la palabra. Sus digresiones poéticas fueron, en gran medida, hamletianas, y le permitieron tejer sus ficciones y críticas a los mecanismos del poder, bajo el halo del monólogo dramático. Como señala Alejandro Zambra en el epílogo de «Calas»: «Por eso muchas veces la cita no implica pertenencia; el poeta distorsiona, acumula títulos en una biblioteca de voces. En lugar de sentarse en la acera, astuto hasta la muerte de la musa, Carrasco logra promover la exquisitez de su cadáver».

Crédito: Cortesía de Óscar Barrientos.

Tenía un carácter muy agudo y, durante un tiempo, francotirador, pero también gozaba de la admiración de sus oponentes. “Escribir un mal libro es como estrellar el coche de tu padre”, dice uno de sus poemas. Disparó siempre contra impostores, falsificadores, asegurados, poetas somnéticos, artistas de vanguardia obsoletos y ponis enanos, lo que le valió rencillas y censuras de moros y cristianos. Usó el estilo enjambre para pelear retóricamente, aludiendo a una pasión que ambos compartíamos: el boxeo. De hecho, una vez me tomé una foto con Germán y Carlos Cociña, haciéndome pasar por un atrevido narrador que subía al ring y tenía a poetas como preparadores físicos. -Cuidado con el golpe de la melancolía pegajosa y el vaivén de las narrativas frívolas. ¡Sin autoficción! ¡Pura poética del son! “Y escapar de las cuerdas”, me aconsejó Carrasco.

Hasta cierto punto, Germán resucitó una tradición remota y muy olvidada en Chile, la guerra de guerrillas literaria, y la ejerció con notable facilidad. En su imaginario, la poesía alimentaba una imagen similar a las artes marciales, como ejercicio riguroso y también por respeto a ciertas jerarquías, por lo que cuando apareció un joven artista, un Rimbaud capitalino que destilaba soberbia y juventud, diciendo que redescubriría la poesía chilena y escribiría los más grandes poemas de la Vía Láctea, le aconsejó: «Muchacho, practica tu kata, sube del cinturón, entrena, baja de la nube y vuelve como tres ciudades». Volver.» Y quizás haya sido su mayor acto de generosidad hacia las jóvenes generaciones de poetas que siempre ha apadrinado. Rindir homenaje a la tradición, sin dejar nunca de ser punk y sin caer en el epigonalismo, no es una tarea fácil, pero debería formar parte de la educación sentimental de un autor.

Le encantaba comparar a los poetas con los músicos de jazz, por ejemplo Gabriela Mistral con Thelonius Monk, Chet Baker con Teillier, De Rokha con Mingus, quizás Neruda con Charlie Parker. Siendo un poeta profundamente santiaguero, creo que a lo largo de los años ha incorporado una poética territorial, tanto a través de sus viajes cuesta arriba como de sus viajes a Chiloé y especialmente a Punta Arenas, ciudad que sé que lo conmovió por su estrecho que une dos océanos en un abrazo impaciente.

Su partida da triste validez a una antigua maldición de la literatura chilena: su indolencia despiadada, su amnesia voluntaria, su indiferencia hacia el talento. Sus poemas permanecen. Esto es lo que importa y como dice Tzara, la poesía está en las cosas o es simplemente un espejismo del espíritu.

En definitiva, no es una elegía o al menos evita serlo.

Hace un par de años nos encontramos con el poeta Juan Carreño en el aeropuerto camino a Iquique. Íbamos a una reunión de escritores. Germán debía llegar y a pesar de nuestros llamados no llegó. Ahora que tendremos que aprender a vivir sin encontrarnos, de vez en cuando, en estaciones de metro o bares parecidos a tabernas de Star Wars, no te dejes varado, Príncipe Carrasquiano, y susurra a los chincoles proletarios ese poema que aún flota entre los escombros:

muerte

(sinfonía, chica que quiere tocar, alguien que quiere ajustar cuentas)

hace su aparición en escena.

Viene a pedir refuerzo

de los músculos cardíacos y la inteligencia.

No oréis ni miréis: permaneced firmes, caminad.

muerte

que salta la muerte

que se aglutina y se expande

aplicar presión dentro del cuerpo y/o el cerebro

hierve y se abre paso a través de los conductos seminales.

como pintar la esquina

y la sidra fluye en la oscuridad

o formar cohortes internas.

Antes del cuervo, en el momento del trueno apropiado

había una musa o una mujer araña

que recibieron con alegría el golpe de las olas.

  • El contenido expresado en esta columna de opinión es responsabilidad exclusiva de su autor y no necesariamente refleja la línea editorial o posición de el mostrador.

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