En 1960, un joven Godard, de apenas veintiocho años, filmó jadeanteuna obra fundamental que transformará el lenguaje cinematográfico para siempre. En un contexto en el que François Truffaut con Los 400 tiros (1959) y Claude Chabrol con el guapo serge (1958) ya habían dado el salto de la crítica a la producción, Godard, al igual que ellos y para no quedarse atrás, decidió experimentar radicalmente. Así, impulsado por el espíritu crítico cultivado en la prestigiosa Cuadernos de cinenació la llamada Nueva olauno de los movimientos más influyentes de la historia del cine en el que un grupo de jóvenes cineastas revolucionarios se rebelaron contra el cine de estudio ready made y defendieron una nueva concepción artística basada en la política de autor.
Contra jadeanteGodard subvirtió las convenciones narrativas y formales del cine clásico: rodó sin guión definitivo, utilizó cámara en mano, luz natural y un montaje disruptivo que introdujo al famoso cortes de saltodonde en lugar de cortar escenas enteras, decidió cortar fragmentos dentro de un mismo plano. Su famosa frase “todo lo que necesitas para hacer una película es una chica y un arma” condensó una ética de libertad creativa y un deseo explícito de romper con el aparato industrial. Fue un alejamiento consciente del canon, de su academicismo y de las reglas impuestas por el cine comercial. Ante ello, optan por la improvisación, la digresión y una cierta anarquía productiva, entendidas no como carencias, sino como auténticos principios estéticos.
Es precisamente en ese caos fértil del rodaje donde Linklater reconstruye Nueva ola. Lejos de limitarse a la reconstrucción histórica, el director estadounidense propone un ejercicio de metacine que reflexiona sobre el propio acto de filmar. La elección del blanco y negro, el formato 4:3, el uso de lentes antiguas y una textura granulada restauran físicamente la atmósfera visual de la época. Linklater, sin embargo, no imita mecánicamente los procedimientos de Godard: prescinde de cortes de salto y opta por una fluidez más acorde con tu estilo. El resultado no es nostalgia, sino una operación estética e intelectual diseñada para sumergirnos en ese momento de inconformidad cinematográfica.
El paralelo entre Linklater y Godard no es casual. A lo largo de su filmografía desde Vago hasta la trilogía Antes Sí vida despiertaEl cineasta estadounidense ha demostrado una clara inclinación por el diálogo como núcleo estructurante de la historia, así como una dimensión filosófica y dialéctica que remite, en su origen, al cine del autor francés. Esto demuestra, al menos en parte, la profunda influencia que ejerce Godard como referente fundamental en la obra de Linklater. En este sentido, Nueva ola Puede leerse como un gesto de agradecimiento artístico: no sólo hacia Godard, sino hacia la idea misma de un cine concebido sin limitaciones, impulsado por la libertad y el amor por el medio.
Destaca especialmente el trabajo de casting, por lo que sorprende e incluso injusto que no haya sido considerada en la nueva categoría de los Oscar dedicada al mejor casting. Sin recurrir a personajes famosos, la película logra un sorprendente parecido físico con los personajes: desde Jean-Paul Belmondo hasta Truffaut, las caracterizaciones sorprenden por su precisión. Guillaume Marbeck ofrece una extraordinaria interpretación de Godard, que en mi opinión supera incluso a la de Louis Garrel en la obra de Hazanavicius. Marbeck no sólo captura su carácter irritable, su postura distante y su propensión a la pedantería, sino que lo hace desde un lugar de afecto crítico, lo que da como resultado un retrato complejo y matizado del director. No se trata de una caricatura, sino de una representación amorosa que lo muestra como un joven impulsivo, impredecible y visionario. Asimismo, la interpretación de Zoey Deutch como Jean Seberg transmite sutilmente la tensión de una actriz formada en el clasicismo americano ante el vértigo creativo de un plano al estilo Godard.
La película amplía sus horizontes con la aparición de figuras emblemáticas de la época como Rohmer, Truffaut, Chabrol, Bresson, Rivette, Agnès Varda, Jacques Demy, Melville e incluso Rossellini, cuya influencia fue decisiva en el desarrollo del movimiento. Como, Nueva ola se convierte en un retrato vibrante de la vida cultural parisina y del espíritu de amistad, audacia e imaginación que definió a esa generación.
Linklater construye una sátira elegante que evita la idealización. Su Godard no es el intelectual solemne canonizado por la historia, sino un «criminal» del cine como se le conocía: alguien que improvisa, que aporta ideas sobre la marcha, que escribe sus guiones en servilletas momentos antes del rodaje y que se enfrenta descaradamente a productores y colaboradores. Al bajarlo de su pedestal, la película lo humaniza y, paradójicamente, valoriza su legado, pero desde una perspectiva lúdica y burlesca: la de un joven impulsivo que quería crear algo y aún no estaba seguro de cómo hacerlo.
La película nos recuerda que las grandes transformaciones artísticas no requieren presupuestos colosales, sino una visión clara y una relación lúdica con la artesanía. No es exagerado decir que autores contemporáneos del calibre de Martin Scorsese o Quentin Tarantino deben una parte sustancial de su lenguaje visual y narrativo a Godard.
Esperamos que este apasionante y hermoso trabajo contribuya a acercar a las nuevas generaciones al universo Godard y a la inmensidad de su legado. Es curioso que la película más “francesa” del año haya sido realizada por un cineasta estadounidense, pero pocas veces un homenaje ha tenido tanta autenticidad. Nueva ola Es, quizás, una película de cinéfilos para cinéfilos: un acto de amor cinematográfico que conmueve y reivindica la libertad creativa como esencia del arte.
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